Las tradiciones dañinas deben desaparecer
Los seres humanos conocemos tradiciones. Algunas de ellas son dañinas, y esto no es una cuestión de preferencia, sino de realidad ética. Las corridas de toros, los fuegos artificiales y la producción y exportación a gran escala de productos animales causan daños estructurales a los animales, la naturaleza y la sociedad, mientras que el disfrute o el beneficio económico es limitado y está distribuido de manera desigual.
El argumento de que la participación es voluntaria –no tienes que asistir a la corrida, no tienes que comprar salmón– ignora que las consecuencias para otros no son voluntarias. Nadie puede escapar del agua contaminada, los ecosistemas dañados, la biodiversidad en disminución o un entorno de vida que se ve periódicamente alterado por el ruido y la violencia contra los animales. La libertad de consumo no justifica el daño colectivo y nunca debe ir en detrimento de la igualdad de valor de los demás, humanos o animales.
Que no todos sufran por igual estas consecuencias no las hace menos graves. Precisamente el hecho de que las cargas estén difusas y desigualmente distribuidas resalta la necesidad de responsabilidad moral. La libertad sin respeto por la igualdad de valor de todo lo que se ve afectado no es verdadera libertad.
Aun así, las medidas para abordar tradiciones dañinas a menudo se retrasan con el argumento de que la gente vive de ellas. Con ello, la dependencia económica se eleva a justificación moral. Como si la conservación de un modelo de ingresos pesara más que el bienestar animal, la integridad ecológica y la habitabilidad de nuestro entorno.
Las tradiciones no merecen protección solo por ser antiguas, sino únicamente mientras sean compatibles con la libertad y la igualdad de valor. Cuando una tradición causa daño de manera demostrable, ya no es patrimonio cultural, sino un problema moral. Y los problemas morales no requieren aplazamiento, sino terminación. |